LA DEUDA UNIVERSITARIA DE CHILE por Juan José Ugarte

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“Este es un período de grandes cambios en educación universitaria, todos lo sabemos. La pregunta que debiéramos hacernos es: ¿qué es hoy una persona realmente educada? La respuesta puede ser muy distinta en Corea o Chile. Y aún en cada país, cada institución, en conjunto con sus académicos, debiera dar respuesta a esa interrogante” (Rosovsky, 2013.)

1. Introducción.
Para referirnos a una agenda de cambios en una institución de carácter cultural como la universidad, con cerca de mil años de historia en el mundo occidental y un siglo y medio de fructífera labor en nuestro país [1], debiéramos tomar como punto de partida su compleja naturaleza y los múltiples alcances de su labor educativa, la que va adquiriendo una fisonomía particular en cada sociedad, tiempo y cultura.

Como se desprende de la cita enunciada por Rosovsky, para responder a los desafíos de su tarea educativa universitaria, no resulta razonable aspirar a un modelo universal o atemporal, un concepto único sobre el sentido de la actividad universitaria, que pueda ser literalmente trasplantado de un país o de una época a otra.

Para graficar las grandes preguntas que debiéramos hacernos hoy sobre la formación de los futuros profesionales, en la conferencia de Davos 2016, el Foro Económico Mundial debatió sobre el enorme impacto que tendrá la llamada “cuarta revolución industrial” en la manera de cómo concebimos la educación y los desafíos para los sistemas educativos de cada país [2]. Allí, se señaló que: “el 65 por ciento de los niños que están hoy en la educación básica, terminarán trabajando en empleos totalmente nuevos, que aún no existen”[3]. Frente a esta perspectiva de impactantes transformaciones e incertidumbres, no podemos pensar en sólo replicar los modelos históricamente aprendidos, sino que debemos abrirnos a concebir, con audacia y creatividad, programas educativos nuevos, particularmente flexibles, tanto en sus trayectorias formativas como en sus formatos (presenciales y virtuales). Esto que podría sonar como una predicción futurista o vacía de evidencia, ya es una realidad en universidades tan prestigiosas como el MIT y Harvard [4].

Indiscutidamente es la universidad el elemento crítico en la formación del talento requerido para lograr un alto grado de competencia, para crear el conocimiento relevante, para divulgarlo y transferirlo adecuadamente a las sociedades. Son estas casas de estudios las que investigan y producen contribuciones más críticas en el desarrollo del conocimiento. La universidad moderna está profundamente comprometida con la aplicación del conocimiento, de manera de contribuir a mejorar las condiciones sociales y económicas del conjunto de la sociedad.

Pero, ¿están nuestras universidades interpretando adecuadamente estos los signos de los nuevos tiempos, brindando así mejores oportunidades para el desarrollo cultural, social y económico de nuestro país?

Durante los últimos años se han multiplicado en Chile la crítica y demanda hacia nuestro sistema universitario, pasando a ser ésta un área central en el debate social y político, al punto que marcó transversalmente la agenda de la última elección presidencial. La discusión estuvo copada por tres temáticas centrales: primero, la demanda por “gratuidad” de los estudios superiores, como un derecho universal. Segundo, la eliminación del “lucro y mercado” de la educación, desde la formación básica hasta la universitaria. Tercero, la opción preferente por las instituciones estatales, entendidas de manera restringida como las únicas representantes de lo “público”.

¿Serán estas las temáticas en las que debemos focalizarnos? Definir esto es clave, ya que no hay nada peor que concentrarse en responder la pregunta equivocada.

Para dilucidar aquello, conviene que nos detengamos y tomemos algo de perspectiva, una cierta distancia de la contingencia, desde allí volver a formular las interrogantes que nos parezcan van al fondo del asunto.

Contexto de la universidad chilena

Hoy en Chile, dos de cada tres estudiantes que terminan la secundaria acceden a la educación superior, el 56 por ciento lo hacen a institutos profesionales y centros de formación técnica, y el 44 por ciento a universidades [5]. Esto representa un explosivo crecimiento, ya que sólo en una generación ésta pasó de poco más de doscientos cincuenta mil estudiantes, a inicios de la década de los noventa, a la actual cifra que supera el millón doscientos cincuenta mil. Con ello, el país se empina por sobre el 57 por ciento de cobertura bruta de los jóvenes chilenos entre 18 y 24 años, alcanzando niveles comparables con los países desarrollados.

De éstos, el 70 por ciento corresponde a estudiantes que son el primer integrante de su grupo familiar que accede a este nivel educativo. Esta atracción se explica en parte, por el importante “premio” que reciben aquellos que terminan en Chile sus estudios de educación superior, ya que ven multiplicadas sus expectativas de ingresos entre tres y cinco veces, dependiendo del número de años de estudio, en relación a sus pares que quedan sólo con su licencia secundaria[6].

Si analizamos las cifras de la matrícula en términos de su composición socio-económica, vemos que el 90% de los jóvenes provenientes del sector más acomodado de la población (décimo decil) participan de la educación superior, mientras que aquellos provenientes de los sectores de menores recursos (primer, segundo y tercer deciles), sólo el 30 por ciento ha podido acceder a esta oportunidad [7]. Nuevamente aquí se manifiesta de manera concreta y dramática los niveles de inequidad presentes en el país.

Ahora bien, ampliando la mirada y comparándonos con la región, Chile, primer país latinoamericano en ingresar a la Organización Económica para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), lidera en materia universitaria en el Cono Sur, según indicadores de la misma institución [8].

Ello es también corroborado por rankings internacionales, como el QS Latin American University Rankings [9] o el Shanghai Academic Ranking of WorldUniversities [10], donde Chile aparece con la más alta densidad de instituciones de calidad del sub continente.

Dos elementos permiten explicar este éxito. El primero es el sostenido apoyo que las universidades públicas, tanto estatales como no estatales, han recibido del Estado por casi 100 años. Se reconoce así su rol como entidades que colaboran en la provisión de educación universitaria de calidad y el desarrollo de la investigación, que todo gobierno busca promover para un mayor bienestar social. El segundo es la profunda influencia que el modelo de educación de los Estados Unidos ha tenido en la definición de su estructura y capacidades académicas. Ya desde la década de los cincuenta, con el conocido convenio con la Universidad de Chicago, pasando en los sesenta por una fructífera relación con la Universidad de California, hasta llegar a nuestros días, donde la colaboración con la Universidad de Harvard y el Massachusetts Institute of Technology, refleja en más de una docena de proyectos conjuntos lo fértil de esta relación. (Ugarte, 2014)

Desde estas dos sólidas bases podemos proyectar una ambiciosa agenda que nos permita incrementar nuestra posición de liderazgo, ahora en una escala global. Pero ello, no se dará de manera espontánea, sino que requiere de una visión y compromiso en torno a una agenda compartida, elaborada con participación de muchos actores, tanto académicos y estudiantiles, como también representantes del sector empresarial, de las políticas públicas y organizaciones ciudadanas.

Desafíos de la universidad chilena.

En el libro que escribimos con Arnoldo Hax [11], sobre los desafíos estratégicos de la universidad chilena (Hax; Ugarte, 2014) , planteamos ocho retos que aquí agrupamos en lo que consideramos las tres grandes temáticas a enfrentar: acceso, calidad y autonomía.

1. ACCESO (EQUIDAD Y FINANCIAMIENTO)

Primero, el sistema debe enfrentar el desafío de superar el torpe sistema de admisión de los alumnos (PSU), que ninguna universidad de excelencia en el mundo aceptaría. El proceso de admisión es el talón de Aquiles de la universidad chilena y que adicionalmente afecta adversamente al término de la educación secundaria, ya que en este nivel los liceos y colegios se vuelcan a preparar a sus alumnos para pasar exitosamente esta prueba, desperdiciando una enorme oportunidad educacional, en un momento crítico en la formación de los jóvenes. No tiene sentido prepararlos para una prueba que no transmite nada de las aptitudes y características del postulante, ni permite apreciar cuál es la calidad humana que hay detrás de él o ella.

Adicionalmente, la PSU ha acrecentado un sesgo socioeconómico en la admisión. La prueba está en que cerca del 70 por ciento de los alumnos aceptados tanto en la Universidad de Chile como en la Universidad Católica provienen de los dos quintiles superiores, vale decir, aquellos con mayores recursos financieros [12].

El proceso de admisión, es uno de los elementos más determinantes de la gestión universitaria, por cuanto va a establecer las características que debe tener el alumnado universitario. Debiésemos aspirar a lograr un entorno que fuese altamente inclusivo. Lo ideal es establecer un ambiente que incorpore a todos los elementos de la sociedad, porque ello representa el más estimulante de los climas conducentes al logro de una buena educación. La universidad debe ser fundamentalmente heterogénea. Para ello, se requiere contar con altos niveles de exigencias requeridas para ser admitido, pero sin erigir barreras que sean imposibles de superar para alumnos que provengan de estratos socio- económico más bajos.

Segundo, innovar en los formatos de carreras a las que ingresan, permitiendo una formación más integral en una primera etapa, dejando la especialización como materia de la titulación o postgrado. De las cinco características de una “persona educada” que plantea H. Rosovsky que son: saber pensar y escribir clara y efectivamente; poseer una apreciación critica de las maneras en que adquirimos conocimiento; comprender otras culturas y tiempos; saber cómo pensar en problemas morales y éticos; y adquirir profundidad en un campo definido de conocimientos .(Rosovsky, 1990). Pareciese ser sólo en la última de estas expectativas, el adquirir profundidad en el conocimiento de una disciplina, es la única que realmente tiene una realización con un alto grado de excelencia en la universidad chilena.

De ser así, estamos cayendo en una trampa, que es darle exclusiva importancia a la educación profesional, despreocupándonos de todas las otras expectativas que dicen relación con la formación de un hombre y una mujer con una visión más completa de la vida.

Por otra parte, las diferencias que hoy existen entre el pregrado y los postgrados son algo confusas. Hay una cierta verticalidad en el sistema universitario, que implica que una vez que el alumno opta por una formación profesional, no existen alternativas para desarrollar una amplia gama de intereses, ni flexibilidad para aceptar cambios en los programas prescritos.

Tercero, perfeccionar el sistema de financiamiento estudiantil, que apoye el pago de aranceles y otros costos asociados, de manera que ningún estudiante talentoso quede fuera de la posibilidad de cursar sus estudios por motivos económicos.

Los gastos en la que incurre un estudiante van desde el pago del arancel de la carrera, transporte y alimentación, y para muchos, especialmente en regiones, asumir los costos de vivir fuera de su hogar es complejo. Contar con vías de financiamiento de aquello es un requisito fundamental para un país como el nuestro, que pretende brindar iguales oportunidades a sus jóvenes, y construir así una sociedad más justa y cohesionada.

Las alternativas o combinación entre gratuidad, becas y créditos deben ser evaluadas según las capacidades económicas vigentes en el país, sus prioridades de inversión pública e impacto social de éstas, y el perfil o capacidad de pago de los postulantes. Anticipar resultados de este análisis puede generar fuertes distorsiones en todo el sistema, como las que estamos viviendo hoy, ya que, las presiones hacia el aumento de los recursos hacia el financiamiento estudiantil, objetivamente han llevado a disminuir la inversión pública en investigación y desarrollo al interior de las universidades.

Cuarto, y tal vez hoy la más urgente, es el reconocer a la universidad como un vehículo fundamental de movilidad social, lo que implica atender de manera prioritaria a los jóvenes que hoy han sido desplazados del sistema.

La forma más eficiente de asegurar una justa distribución del ingreso, implica entregar una educación de gran calidad para todos los ciudadanos.

Hay dos temas que son preocupantes en cualquier sociedad en el mundo y ambos, en cierto modo, están profundamente relacionados. El primero, es la calidad de todo el sistema educacional que tiene el país y el segundo, es lo que podríamos llamar la “injusta distribución del ingreso”. Y estos temas están vinculados porque la movilidad social, que implica la eliminación de la pobreza, se genera fundamentalmente por medio de la entrega de una alta capacidad educacional a las personas. Si un individuo ha tenido acceso a una buena educación y, sobre todo, si ésta culmina en una formación en una buena universidad, nos aseguramos que esta persona escapa del abyecto nivel de pobreza.

La educación es el fundamento de la movilidad social. Y es un elemento fundamental en el desarrollo de una persona, a través de todas las etapas del ciclo de vida. Ello ayuda a conformar una relación constructiva entre todos los actores y una mayor cohesión social, que posibilita luego la consolidación de una sociedad estimulante, justa y desafiante.

2. CALIDAD (DOCENCIA E INVESTIGACIÓN)

Quinto, fortalecer la generación de nuevo conocimiento y formación de investigadores, temas fundamentales para potenciar el rol de la universidad dentro del tejido social. El propósito es la creación y transmisión del conocimiento, y la universidad chilena cumple satisfactoriamente con las exigencias de transmisión del conocimiento, pero no así en cuanto sus capacidades de creación. Nos parece que este doble desafío es enorme, y que en estos momentos estamos muy lejos de alcanzar un equilibrio adecuado entre ambos objetivos. Chile tiene buenos cuadros docentes, que tal vez son comparables a las mejores universidades del mundo. Sin embargo, esto no podemos decirlo con respecto a sus capacidades de investigación y la calidad de los programas doctorales que ellas ofrecen. Hay una brecha enorme entre la realidad existente y las aspiraciones de llevar adelante el logro de una auténtica “Research University” en Chile.

Estamos enfrentándonos con dos realidades muy impactantes: la creación de un programa doctoral de alto vuelo y el desarrollo de una investigación con un impacto muy significativo. El resultado de esta investigación debe manifestarse tanto en logros académicos, como en la capacidad de afectar el desarrollo económico del país [13].

Para el desarrollo de esta indagación, se requiere la contribución armónica de tres entidades: el gobierno, la empresa y la universidad. En líneas generales, el gobierno provee el financiamiento; la empresa el ámbito relevante de actuación, que incluye la contratación de los graduados, y la universidad el aporte intelectual y académico. Cómo producir el adecuado alineamiento entre estas tres entidades es algo que no se ha logrado plenamente y que debemos dedicar una gran atención y esfuerzos significativos para lograrlo.

Sexto, hacer de la carrera académica una realidad atractiva y económicamente sostenible, especialmente para los miles de jóvenes que están volviendo hoy de sus programas de postgrado en las mejores universidades del mundo. Hay un elemento central en que la universidad invierte una enorme cantidad de tiempo, que va mucho más allá de lo que se observa normalmente en la empresa, siendo el cuidadoso manejo de los recursos humanos. Es indiscutible que el recurso fundamental que tiene la universidad es el talento que es capaz de atraer y desarrollar.

En Chile, el desarrollo de los recursos humanos para la universidad es bastante promisorio, por cuanto existe hoy una enorme cantidad de becarios que están realizando sus programas doctorales en universidades más destacadas de todo el mundo. Esto representa una enorme riqueza intelectual que el país debe saber utilizar de manera inteligente y cuidadosa. La gran pregunta es si estos doctorados, a su regreso al país, van a tener ofertas estimulantes de desarrollo académico y profesional. En lo que se llama el “re-entry” muchos de estos becarios regresan con grandes expectativas y ambiciones de contribuir significativamente a sus instituciones y a la sociedad chilena en general. Hay que tener extremado cuidado para no frustrar estas expectativas y ofrecer condiciones que favorezcan su desempeño.

3. AUTONOMÍA (DIVERSIDAD Y REGIONALISMO)

Séptimo, dotar a las universidades de una nueva base de financiamiento, con un fuerte compromiso del sector productivo (proyectos de innovación) y sus egresados (donaciones). Un proyecto universitario de calidad es extremadamente costoso y, por consiguiente, requiere de la disponibilidad de fuentes de financiamiento que permitan su operación en la forma debida. Aquí el sistema chileno tiene serias limitaciones, ya que no existen donantes con contribuciones significativas, hay escasos programas de investigación contratados por terceros y las matrículas obviamente no son capaces de financiar toda su actividad.

La mera enumeración de estos tres tercios pone en evidencia los grandes desafíos que tiene la universidad chilena en relación al logro de su financiamiento, ya que los aranceles, que en términos comparados (PIB equivalente), están cerca de los precios internacionales, por lo cual no es esperable el aumento de los recursos por esta vía. Aún más preocupante está la ausencia de una cultura que intensifique la donación de particulares hacia la universidad, particularmente proveniente de exalumnos.

En Chile el actor más importante en la provisión de fondos sigue siendo el Estado, por cuanto existe una enorme distancia entre la universidad y la empresa, y el empresario chileno no ve a la universidad como fuente de la oferta tecnológica que es necesaria para el éxito de su gestión.
No es posible sino concluir que la universidad chilena presenta un desafío enorme en cuanto a sus formas de financiamiento. Estamos lejos de obtener el ideal de los “tres tercios”, lo que se percibe como algo absolutamente deseable, pero muy lejos de constituirse como una realidad.

Octavo, innovar en sus formas de gobierno, permitiendo la participación efectiva de los constituyentes claves en su gestión. Noveno, impactar positivamente con su producción en el entorno social y regional dónde se inserta, lo que implica redefinir los incentivos académicos para concretar aquello.

En las universidades chilenas, muchas de sus autoridades son elegidas democráticamente por sus académicos. El liberalismo es un sistema que el mundo ha aceptado como una forma preferente de gobierno. Esto que es muy encomiable dentro del marco político, es altamente cuestionable en el sistema universitario. La facultad es elitista, no es una institución igualitaria. La democracia, a nuestro juicio tiene nefastas repercusiones cuando se aplica como sistema de los directivos del área superior, ya que se presta a la generación de grupos de influencia, que persiguen intereses estrechos que no tienen cabida dentro de este contexto. Esto puede ser una aseveración muy controvertida, pero creemos que es altamente preferible que los cargos directivos se establezcan a través de directrices que provienen del Rector de la universidad.

También es vital el fortalecer el papel que juegan los académicos en el gobierno de la universidad, actuando colegiadamente, determinando todas las decisiones críticas asociadas con el manejo académico de ésta; incluyendo la selección, evaluación y promoción de éstos. Esta entidad colegiada debiera ser la responsable de definir las políticas de la institución, y todo lo relacionado con la conducta académica, tales como la identificación de programas de estudio, el desarrollo de la investigación y la cuidadosa atención a los recursos tanto humanos como físicos de la organización. Lejos de estar desprovistos de “poder”, el sistema debiera “empoderar” a los académicos como los actores más importantes dentro del devenir de la institución.

El desafío que plantean estas tres temáticas es inmenso, los beneficios resultantes serían igualmente espectaculares.

Imagen Principal: Manifestación Estudiantil 2011 Fuente: Pablo Madariaga Toledo

Notas al pie:

  1. 1842 Universidad de Chile; 1888 Pontificia Universidad Católica de Chile.
  2. The Future of Jobs. Employment, Skills and Workforce Strategy for the Fourth Industrial Revolution. World Economic Forum, enero 2016.
  3. op. cit. 1
  4. Massive open online courses (MOOCs). Consultar en https://www.mooc-list.com/
  5. Proceso de admisión año 2013. Extraído de www.mifuturo.cl
  6. Encuesta CASEN 2011.
  7. op. cit. 5
  8. Ver informes internacionales: “La Educación Superior en Chile” (OECD 2009);“Programa Becas Chile” (OECD 2011);“El Aseguramiento de la Calidad en la Educación Superior en Chile” (OECD 2013).Disponibles en: www.oecd-ilibrary.org
  9. QS Latin American University Rankings 2013. Cuatro instituciones chilenas se ubicaban entre las quince primeras de Latino América, seis de Brasil, dos de Colombia, dos de México y una de Argentina.
  10. Shanghai Academic Ranking of World Universities 2013. Dos instituciones chilenas se ubican entre las 500 mejores del mundo, seis de Brasil y una de México.
  11. Destacado ingeniero chileno, profesor por 40 años en el MIT de Estados Unidos.
  12. Para el proceso de Admisión 2011, los resultados en la PSU de los alumnos de establecimientos particulares pagados (10% quienes la rinden), superaban ampliamente a los de los otros dos sectores: de los cien que obtuvieron mejores puntajes, noventa y siete eran particulares, dos municipales y uno particular subvencionado. Por cada respuesta correcta en la PSU de matemáticas de un alumno proveniente de una escuela municipal, un estudiante de un establecimiento particular promediaba seis.
  13. Sugerimos consultar el Libro: “Innovación Basada en Conocimiento Científico”, editado por B. Santelices, F. Lund, T. Cooper y J. A. Asenjo. Academia Chilena de Ciencias, 2013.